Homilía de D. Vicente Robredo

Administrador Diocesano,

en la misa solemne de la
Virgen de la Esperanza.

Queridos logroñeses…alcalde, presidenta, hermanos sacerdotes, miembros de la cofradía, autoridades civiles y militares, queridos todos…“¡Qué bien le viene al corazón su primer nido! ¡Con qué alegre ilusión torna siempre volando a él!”.

Estas palabras de Juan Ramón Jiménez expresan, a mi parecer, nuestros sentires de hoy: ¡Qué bien le viene al corazón de Logroño su primer nido! ¡Con qué alegre ilusión los logroñeses regresamos a él!

Porque eso es lo que ahora mismo estamos haciendo los hijos de Logroño: volver al primer nido. Al primer nido que es nuestra Madre, esta Virgen de la Esperanza que nos tiene ganado el corazón a todos. Porque ella es nuestro hogar, es nuestro seno; al que volvemos siempre, como el hijo que vuelve cada día presuroso a su casa, seguro de que en ella está la madre, esperándolo alegre, para decirle cómo estás, cómo te van las cosas, qué tal en el trabajo, cuéntame. La madre es nuestro nido, es el hogar. Y por eso venimos contentos a su lado, a descansar en ella, a escuchar de sus labios amorosos sus consejos de madre, a darle alegremente nuestra felicitación.

Si a lo largo del año venimos uno a uno a visitarla, hoy toca venir juntos. Es su fiesta. Y la fiesta de la madre es también nuestra fiesta. ¿Podría celebrarla la Madre sin los hijos? ¿Podrían celebrarla los hijos sin la Madre? ¿Qué ocasión más propicia que su fiesta, para vernos, unirnos, sentirnos verdaderamente hermanos, miembros todos de la familia universal?

Es lo que hace la madre: estar con todos, celebrarnos a todos; animarnos a todos a agradecer la vida y a cuidarla desde el primer instante hasta el final, para que a nadie falte nada: mesa, casa, trabajo, compañía, salud, educación… Para ella no hay hijo que no cuente con su abrazo materno. La importancia, el valor de las personas radica en ser personas, en ser hijos de Dios. El más pobre y humilde, el más enfermo será su predilecto, al que dedicará más atención. El amor de una madre no se rendirá nunca ante el que sufre rigores, depresión, padecimientos, pérdida de esperanza, de sentido, razón para vivir. Ella motiva siempre, porque el amor es el mayor motivo para vivir con esperanza siempre, incluso en las situaciones más extremas. La madre tiene fuerzas y recursos, cariño en abundancia para hacer llevaderos los dolores, iluminar las noches más oscuras. Y eso quiere que hagamos los hermanos, los unos con los otros, dar la vida, vivirla compartiendo dolor y regocijo, salud y enfermedad: vivir es convivir.

¿Creéis que nadie que se sienta incondicionalmente amado, imprescindible para quien lo acompaña, alguien que vea cómo su existencia ayuda a crecer en el amor a otros, que lo valoran más que a sí mismos, puede querer interrumpir su vida, decir adiós jamás? Nuestra sociedad debe ser más humana, más entrañable cada día e invertir en amor y en el cuidado de los que más padecen sus virtudes más hondas, sus recursos mejores. Este es el verdadero progreso, la manera de ser humanidad.

Queridos logroñeses. Es su fiesta. Y se nota. Se nos nota. Y a ella se le nota tanto como a nosotros. ¿No veis cómo le brillan los ojos al mirarnos?  Está viéndonos juntos, gozosamente unidos. Ella también se goza con nosotros y descansa en nosotros. También para una madre el corazón del hijo, el de todos sus hijos es su nido esencial.

¡Qué bien que le dejemos nuestras vidas, para que siga siendo madre siempre, que teje nuestras horas, las llena de alegría en su alegría, las unge de esperanza en su esperanza, sosiega en su dolor nuestro dolor! Ella está tan pendiente de nosotros… Le preocupa nuestra salud y nuestra economía, el trabajo y el ocio, la paz y la justicia, la fe y la caridad. Y por eso padece con nosotros el mal de la pandemia que asola nuestras vidas, se aflige inmensamente con nosotros por los seres queridos que se han ido sin poder retenerlos, a veces sin poderlos despedir. Le apena que haya hijos que ignoran que ella es Madre de todos y que su mayor gozo será el de vernos juntos a todos con el Hijo que tiene en sus rodillas junto a su corazón.

¡Qué bien le viene al corazón su primer nido. Qué bien, hermanos logroñeses, nos viene en estas horas tan difíciles estar junto a la Madre, alabar juntos, hacer una oración con las de todos cuantos hoy aquí oramos, con las de cuantos antes que nosotros vinieron a rezar también aquí. Que el tiempo no aniquila, por más que lo parezca, lo que amorosamente se ha sembrado. Y este templo es testigo de muchos corazones que han vertido pesares y alegrías, peticiones y gracias junto a esta madre santa que para todos tiene una sonrisa, una esperanza cierta, un claro don. Que el amor de la madre no se ve limitado a nuestros años, va mucho más allá.

¡Qué día más propicio para pedir a nuestra madre que sepamos unirnos para afrontar los retos más urgentes que la vida nos trae, que hoy son graves; que nos haga entender las diferencias personales, sociales no como armas crueles para herirnos, sino como riquezas al servicio siempre del bien común. Los problemas más serios que a todos nos afectan deben ser, más que carga, una interpelación a resolverlos juntos, acentuando aquello que nos une, no lo que nos separa. A ello nos invita nuestra Madre, a sacar de nosotros lo hermoso, lo entrañable: la armonía fraterna. ¿No es este el signo claro de la devoción filial?

¡Qué bien nos viene a los hijos de esta Madre volver a nuestro nido, al primer nido, al seno de la Virgen del que un día salimos a la vida, al amor!

La humanidad espera, es una espera. Desde el primer instante, desde el primer aliento de la historia, el ser humano espera. Su vida se compone de esperanzas, pequeñas esperanzas. A veces esa espera es más hermosa que la culminación de lo esperado, que, al cumplirse, no acaba de saciarnos, y nos mueve de nuevo a volver a esperar. Esa insatisfacción que se nos queda como un resto insalvable es un indicio claro de ese anhelo, que, sembrado en el corazón del ser humano, no acaba de encontrar su plenitud.  El ser humano es pulso hacia adelante en busca de una vida más completa, a la que está llamado desde el fondo de su ser. No es tan solo un estar a lo que venga, un esperar fatídico, inclemente, medroso ante lo ignoto e imprevisto que no está en nuestras manos evitar. No. En la honda intimidad del ser humano respira una esperanza, fundamento del resto de esperanzas pequeñas, cotidianas, imprescindibles para sobrevivir. Es la esperanza de la vida plena, de la felicidad sin condiciones, de la fruición más pura de lo bello, de la bondad suprema, de ese Alguien que nos colme y culmine nuestras ansias de amor y eternidad. ¿Será una pasión loca, sin sentido? ¿Un sueño dislocado, fuera de lo real?

María es la respuesta. Como toda persona, María es esperanza, confianza creciente en que lo más perfecto y bondadoso está aún por llegar y llegará. Y su esperanza, pura, no es solo individual, sino de todos, anhelo de la familia universal. Dios es padre de todos y Él también nos espera cada día para darnos su abrazo más paterno, más intenso y cordial. Pero no solo espera. Él nos sale al encuentro. Siempre ha estado pendiente de nosotros como buen padre que es. Él anima personalmente la historia, la vivió íntimamente en Jesucristo su Hijo, hecho hombre con nosotros, en este Jesús Niño que María sostiene entre sus brazos, que se crió con ella y con José, y que un día, siguiendo su llamada, dejó su patria chica y fue a anunciarnos el reino de los cielos, para ir construyéndolo en la tierra, junto a un grupo de amigos, de discípulos: el reino de la vida, la justicia, el amor y la paz.

María le dio a luz, le dio estatura, cultivó sus virtudes, acompañó su adolescencia, propició su serena madurez. Qué bien saben las madres transformar la alegría más pequeña en fiesta incontenible, el detalle más leve en un milagro. Su amor es la estatura de las cosas. Por eso junto a ella los males se atenúan y las dichas se agrandan. En el hogar de Nazaret respiraba Jesús piedad sincera, honradez generosa, transparencia de fuente, artesanía y laboriosidad. María lo cuidó, acompañó siempre, desde el primer latido en sus entrañas, hasta el fin de sus días a los pies de la cruz. Con la misma atención, nos cuida a todos, nos sigue a todas partes con los ojos y el alma. Es madre siempre y su ilusión mayor es vernos juntos, un día, todos juntos, vencida ya la muerte y la tiniebla, gozando de ese reino que solo nuestro Dios nos puede dar. Ese es nuestro destino, nuestro feliz destino. En Jesucristo se desvela el sentido de todo ser humano. Él, que vino del Padre a redimirnos, nos espera a su lado para vivir eternamente juntos la misma vida que Él.

La Virgen nos lo muestra. Ella lo sabe bien. Es ese Niño la plenitud del universo todo. Todo cuanto los santos, pensadores, artistas han ido bosquejando hermosamente, lo contiene este niño en su aparente sencillez. Él nos contiene a todos. Él nace con nosotros, crece y se desarrolla con nosotros, aprenderá un oficio con nosotros, saldrá a los caminos con nosotros, orará con nosotros, nos hará sus amigos, sus hermanos, morirá con nosotros y resucitará para resucitarnos en su momento a todos. Él es nuestra esperanza ya cumplida, la respuesta que aclara nuestras dudas, la vida en plenitud.

¿Es posible que un niño, que este niño contenga la verdad del universo? ¿Es posible que en Él bulla la vida que no termina nunca, que en Él todas las víctimas, toda las injusticias se vean reparadas, que Él sea para todos la alegría final?

Recordad las palabras del ángel: Alégrate, María. El Señor es contigo. Darás a luz un hijo. Su reino no tendrá fin. ¿No suena a vida eterna, a libertad completa, a la definitiva salvación?

- Nos cuesta separarnos, decirle adiós a ella, salir de su presencia en este templo. Pero no lo dudemos, ella nos acompaña, se viene con nosotros, no nos deja un instante de su mano. Y se pondrá la mascarilla para estar con nosotros, guardará con respeto la distancia que exige la prudencia, se lavará con gel. Pero estará tan dentro de nosotros, nos llevará tan dentro, que no habrá enfermedad, no habrá distancia que pueda separarnos. Su corazón es nuestro. Moriría de amor si no nos viera, si no nos escuchara cada día y si no nos velara cada noche.

¡Qué bien le viene al corazón su primer nido, Con qué alegre ilusión, hemos venido y volveremos siempre, queridos logroñeses al amor de la Virgen de la Esperanza para vivir con ella, para vivir en Él!

 

Vicente Robredo García

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